Fascial

¿QUÉ ES LA FASCIA?

Muchos pacientes me lo preguntan: ¿Qué es la fascia? ¿Qué haces cuando trabajas con mi cuerpo, con las Terapias Miofasciales? Y yo os lo explico a continuación. Intentaré anular un lenguaje muy técnico y formalismos profesionales:

La fascia es una envoltura que nos cubre de forma tridimensional, todo el organismo. Se distribuye de la siguiente manera:

De forma superficial, adherida a la piel y atrapando la grasa superficial. Está formada por una red que se extiende desde el plano subdérmico hasta la fascia muscular. Así, si nos arrancáramos la piel, seguiríamos manteniendo nuestra estructura, nuestro contorno característico, gracias a que la fascia nos mantiene, nos contiene. Es una “tela” discontinua, no está dividida en partes, aunque tiene capacidad de cambio según la estructura que atraviese. Por ejemplo, la fascia de la planta del pie tiene una composición porcentual distinta que la del dorso del pie, porque las funciones son también distintas: la planta del pie necesita estar reforzada para el apoyo (y además, se adapta a las necesidades: no es lo mismo la fascia plantar de alguien que siempre anda descalzo que la de alguien que usa calzado) y, el dorso del pie, debe ser muy elástico y fino, para que todo el riego de los vasos sanguíneos que pasan por él, no tenga obstáculos.

La fascia superficial es también distinta en cada sexo (por la distribución diferente de las grasas superficiales), y cambia con la edad y con el Uso (el mal Uso), y el estrés de los tejidos.

En la fascia profunda, nos encontramos:

  • La Miofascia, que envuelve cada miofibrilla, cada músculo y cada grupo muscular, y tiene la función principal de entrelazar acciones mecánicas entre el músculo y el hueso.
  • La Viscerofascia, que envuelve vísceras, el cerebro, cerebelo…. Así, la pleura es la fascia del pulmón, el cardias es la del corazón…
  • Y las Meninges, que son tres: Duramadre, Piamadre y Aracnoides (nombradas de más interna a más externa), que protegen a esa estructura tan noble como es la médula espinal, por donde va todo el paquete nervioso que manda y recibe toda la información neural: por ejemplo, dar una orden a un músculo: ¡contráete!, recibir la sensación de que un objeto está frío/caliente, o pincha/es suave, o que mi mano está abierta o cerrada, o que el color que miro es verde y no azul…

Todas las fascias (que es una sola, aunque le pongamos distintos nombres) están interrelacionadas entre sí, bajo una estructura de tensegridad.

Y por ello, cuando trabajamos sobre ella, es inevitable el resultado holístico que se obtiene. Por ejemplo, la fascia que recubre al músculo psoas, está muy en contacto con la fascia del riñón del mismo lado. También con el músculo cuadrado lumbar e incluso con la vena cava. ¡Fijaros!: Puedo encontrarme una lumbalgia (un dolor lumbar), porque un riñón empiece a no funcionar bien, o porque tenga un problema circulatorio de retorno del miembro inferior.

Os voy a poner otro ejemplo: Hay una conexión directa de la tienda del cerebelo (fascia del cerebelo) con el sacro. De esta manera, si has tenido una caída fuerte de “culo”, aunque sea antigua, puede llegar a producirte mareos o sensación de desequilibrio (el cerebelo es uno de los grandes órganos que se encarga del equilibrio).

Un ejemplo más: Pon tus dedos justo debajo del occipucio, donde se inserta la musculatura. Ahora mueve los ojos… Notarás que el movimiento ocular empuja tus dedos (es sutil, claro, pero ¡intenta sentirlo!).

¿Para qué sirve la fascia?

Las fascias nos protegen, absorben impactos y amortiguan las presiones. Forman compartimentos, reviste. Sirve, de forma más específica, de suspensión/sostén de órganos, ayuda al saneamiento de las heridas (porque tiene capacidad de producir colágeno), nutre a las células, mantiene el bombeo circulatorio de la sangre y de la linfa, ayuda a la preservación de la temperatura corporal…

Y además de todo esto, la fascia “guarda” memoria emocional. Imagina que, en un momento en que estás planchando ropa, llama tu hijo por teléfono y te dice que ha tenido un accidente de tráfico. En ese instante, por la mala noticia, te asustas, y se te cae la plancha directa a tu pie. ¡Maldición! Cuando examinas el pie, ves que no hay nada roto, pero esa fascia, tras pasar la fase inflamatoria, se mantiene “contraída, asustada”, aunque pase el tiempo. Si no se trata, si no se le “dice a la fascia” que ya no hay peligro, que se puede relajar, traerá consecuencias como por ejemplo, a medio plazo, unos “dedos en garra”. Y… curiosamente, aunque hayan pasado años, si ahora tratamos esa zona con Terapia Miofascial, puedes rememorar esa mala noticia. ¿Te parece increíble? Pues es tan cierto como estudios muy recientes de biología molecular. Ya hablaremos de esto…

¿Cómo se lesiona la fascia?

El sistema fascial, cuando se lesiona, se retrae, produce adherencias entre tejidos y también se puede romper.

Una de las maneras de lesionarse la fascia es la del ejemplo anterior, es decir, un traumatismo directo. Aquí se incluyen, lesiones en el canal del parto, golpes directos, operaciones quirúrgicas… (¡ya hablaremos de éstas últimas!!).

Por sobrecarga, crónica o intermitente, por ejemplo, llevar siempre un cinturón o un sujetador muy apretados, mantener una misma postura viciada…

O por una inmovilidad prolongada (escayolas, enfermedades crónicas que requieren estancias largas en cama, kinesiofobia…). ¡Por esto a los fisios nos gusta el movimiento!!!!

¿Qué consecuencias tiene una lesión de la fascia?

Cuando una fascia se lesiona, tanto por traumatismo directo, como por sobrecarga, como por inmovilidad, hay un cambio directo en su estructura: baja el porcentaje de elastina, disminuye la creación de colágeno y por tanto, merma su capacidad de elongarse y/o acortarse. Se densifica, se crean “entrecruzamientos” fibrosos, se vuelve un tejido más rígido.

Si esta fascia, está directamente relacionada con un músculo, éste perderá funcionalidad (capacidad de contracción o de estiramiento, fuerza) se deformará, o perderá capacidad para hipertrofiar, para crear nuevas miofibrillas musculares. Así será un músculo débil, acortado, inactivo o/e hipotrófico.

Si la fascia en lesión atrapa a un gran vaso, como una arteria femoral, creará problemas circulatorios: mala perfusión a ese miembro inferior (piernas cansadas), calambres, claudicación intermitente, hinchazón de pies…

Si se tratara de la fascia que envuelve al hígado, no dejará a éste que se mueva con libertad para hacer su función de depuración, pudiendo llegar a dar, al principio, los síntomas pequeños de hígado (astenia, sequedad de la piel, tendinopatías, mal sabor de boca, intolerancia al alcohol y a la grasa…) e incluso, si se mantiene, llegar a tener “arenilla en la vesícula”, y demás problemas asociados a este órgano.

Si se tratara de la fascia plantar, tendremos fascitis plantar, neuromas de Morton, formación de espolones calcáneos, dedos en garra…

Si la fascia está muy relacionada con el paso de un nervio, puede dar lugar a parestesias, sensación de “acorchamiento”, pérdida de sensibilidad, calambres, radiculopatías (ciáticas, túnel carpiano, epicondilitis…).

Y eso son sólo algunas consecuencias directas y locales. Pero no olvidar la continuidad de la fascia en todo su recorrido por el cuerpo, y en cómo se mueve, de forma tridimensional y global, como cualquier estructura tensegril. De esta manera, y volviendo al ejemplo de la caída de la plancha en el pie de la señora, podemos encontrarnos que: la señora estuvo muy ocupada (atendiendo al hijo accidentado) como para acudir a su dolor; sin darse cuenta, para evitarlo, empezó a apoyar el pie de forma anómala y vició esa forma de andar. Después de un tiempo, la señora viene a la consulta porque le duele la espalda, y la rodilla contraria, por sobrecarga.

Así es como el cuerpo se adapta a las lesiones para seguir siendo funcional. Cuando una estructura articular deja de funcionar, la inmediatamente más cercana, adopta esa función. ¡Y es maravilloso! No tenemos ni idea de la capacidad de nuestro cuerpo para compensar situaciones. ¡Deberíamos estarle agradecido!!!! Lo que ocurre es que cuando ya no tiene más herramientas para seguir adelante, se queja, y duele: te avisa. Por favor: escuchen a vuestro cuerpo; él siempre nos dice cosas al oído, “bajito”, hasta que se enfada y GRITA!!!

Desde Osteopatía Carlos Alonso tenemos las técnicas necesarias para ayudarte a superar este tipo dolencias de manera personalizada y adaptada a cada paciente.